viernes, 1 de abril de 2011

Capítulo 4: La sombra de un punto que el papel se tragó

Media mañana. Pelao' recibe una llamada telefónica del exterior.

Pelao' - ¡Hola Luisa, qué sorpresa!

Luisa - Hola, Pelao'. ¿Cómo estás?

P - Mucho más contenta ahora. ¿Y tú?

L - Feliz de escucharte, aunque es un poco agridulce, no te voy a mentir... Te tengo malas noticias.

P - ¿?

L - Ayer pasé por el parque Joan Miró. Escuché que habían encontrado a un señor indigente, muerto, justo debajo de la escultura. Era Joselito.

L - ...¿Sigues ahí?

P - ¿Estás segura? ¿Sabes qué le pasó?- Contesta, llorando.

L - Sí, me aseguré de que fuera cierto. Mostraba signos de violencia en el cuerpo, al parecer hubo un riña. Lo siento mucho, Pelao, sé que lo apreciabas.

Durante unos segundos solo se escucha el sollozo de la joven.

P - Joselito no siempre fue un indigente, ¿sabías? Tenía un trabajo, estaba casado y tenía una bebé. La empresa para la que trabajaba quebró, así que fue directo al paro. Empezó a no dar abasto con los gastos y las deudas, hasta que le embargaron sus bienes. Su mujer lo dejó, y se llevó a la niña. Fue entonces cuando cayó en una profunda depresión y entró en un círculo de vicios y abandono, hasta acabar en la calle.

L - Recuerdo que me lo habías dicho.

P - Unas navidades le llevé una caja de sus chocolates favoritos. Debiste ver el brillo en su mirada. Yo sabía que él necesitaba cubrir sus necesidades básicas antes de estar comiendo chucherías, pero pensé: "Es Navidad y le voy a hacer un regalo, no una obra de caridad".

L - Qué bonito gesto.

P - ¡No! No te digo esto para que veas lo excelente persona que soy, porque no lo soy. Estoy compartiendo esto contigo porque es importante que recordemos que todos tenemos derecho a sentirnos humanos, y no la sombra de un punto que el papel mismo se tragó. La gente le pasaba por el lado, lo veía pasando frío en pleno invierno, y no se inmutaba. Como la niña de la capa roja en medio de la guerra, en "Schindler's List": era el elemento más contradictorio, más llamativo, y nadie se daba cuenta.

L - Te comprendo, y entiendo que te duela su situación, pero también piensa que todas esas personas que dices que "seguían de largo", tenían, a su vez, sus propios problemas. Al final parece que tenemos que hacernos cargo de todo. Esta denuncia no la debes hacer a las personas, pienso, sino a las autoridades competentes.

P - ¿Y la sensibilidad a quién se la dejamos? El capitalismo nos está conduciendo hacia la deshumanización. ¿Quiénes, si no nosotros, son los responsables de puntualizar a las autoridades lo que necesita ser trabajado? Ellos deberían mirar hacia donde la sociedad les indica, no al revés. La única compañía que tenía Joselito era una perra "viralata" a la que había llamado Chochete, y se la habían matado a palos hacía unos meses. Eso no es vida. Si no tenemos derecho a una vida digna, entonces... ¿para qué sirven los derechos y las instituciones?

L - Eres muy noble, pero así no se cambia el statu quo.

P - Me conformo con que seamos conscientes. Presumimos de avance, de riqueza, de evolución, mientras miles de personas mueren de hambre cada día. Y no creas que hay que irse a Somalia o a Haití. Escucha esta historia: En medio de una gran urbe, un hombre muere de hambre bajo una escultura que vale millones de euros, de un artista que nunca fue millonario. Chula, ¿eh?

L - Qué pornográfico.

P - Pues así está el mundo, y aunque a la gente no parezca importarle, a mí me importa. Joselito y su perra, Chochete, fueron víctimas de un sistema voraz, del darwinismo social más marcado. Alguna vez existieron en las calles de Barcelona y en ellas quedaron esparcidos. Existieron.